ROCÍO MAGARZO

Rocío nos deleita con sus obras de arqueología invertida, con la frescura de un boceto. No son pinturas, ni escultura, son algo entre una cosa y otra. Una suerte de collage personal, un paisaje, una topografía leve pero rotunda. Nos gustaría pasear por ellos, indagar en sus contenidos, que son a la vez su continente.

Esa mirada de zoom que acota sin enmarcar, desvela paisajes en el cuerpo, constelaciones en la piel de lo momentáneo. La escala se pierde, nos sorprenden las comisuras de una curva que quizá somos, y el espacio que lo delimita y lo conforma. Las diferentes capas de materiales conforman un espesor poroso en el que cada fragmento sigue siendo él y a la vez, mucho más.

Nos regala Rocío, entre muchas cosas, la sensación de duda, la extrañeza de no saber muchas veces qué representan exactamente las obras, intuyéndolas pero sin certeza. Conmueven de esta manera a nuestra memoria, nos invitan a volver a mirar, a descubrir, y de alguna manera, a descubrirnos.

Permítanme sugerir que estos cuadros no están acabados, que en cada uno de ellos, de alguna manera, empieza todo. Sugieren itinerarios misteriosos de lo desconocido pero cercano. Y demuestran, de una manera silenciosa y bellísima, que no hay que irse muy lejos para conocer y sentir el mundo. Hay que irse, sí, pero muy cerca.

rociomagarzo.com

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